POR QUÉ EL ESPAÑOL SUENA COMO SUENA (Y QUÉ TIENEN QUE VER LAS PALABRAS LLANAS CON SU CADENCIA)

El español tiene su propio ritmo, su música particular. Y no nos referimos a las canciones o a estilos como el tango, la bachata o el flamenco. Es el modo en que hablamos lo que posee una melodía única y característica. Y es grave. O llana.

En lingüística, esa cadencia se llama prosodia y viene del griego clásico. En un principio se empleaba para referirse a una canción acompañada de música instrumental; en la actualidad se usa en los estudios fonéticos y fonológicos de los idiomas.

“La prosodia tiene que ver con los fenómenos de entonación”, señala Lola Pons, profesora de Lengua Española de la Universidad de Sevilla, en España, y autora del entretenidísimo “Una lengua muy larga”, un libro repleto de historias curiosas sobre el español.

Es por la prosodia por lo que cuando nos encontramos en un país extranjero muchas veces podemos reconocer a un compatriota sin llegar a oír lo que dice, simplemente por la musicalidad que destila su manera de hablar. Y al revés: solo en contadas ocasiones quienes aprenden un segundo idioma pueden desprenderse de la entonación y el ritmo característicos de su lengua materna. Por eso hablan con “acento”. Los hispanohablantes, en lo que a prosodia se refiere, tenemos un rasgo en común: todos hablamos llano. En sentido literal. Porque la inmensa mayoría de las palabras que componen el castellano son llanas, es decir, al pronunciarlas las acentuamos en la penúltima sílaba.

Nada menos que el 79,50% del vocabulario español está compuesto por palabras llanas. Las agudas (aquellas que al hablar se acentúan en la última sílaba) representan únicamente el 17,78%. Y las esdrújulas (esas en las que la intensidad se deja sentir en la antepenúltima sílaba) sólo son un puñado, un miserable 2,72%.

Es una particularidad del castellano. En otras lenguas romances no es así.

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